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sábado, 18 de julio de 2020

El socorro del Hospital de la Caridad a los ahogados en el Guadalquivir


Como ya hemos comentado en alguna ocasión nos gusta hablar de la relevancia de los valores histórico-artísticos del patrimonio monumental de la ciudad, pero también de valores culturales menos reconocidos asociados a otras categorías patrimoniales como la documental, la industrial o técnica de algunos de estos espacios. Lo hicimos con el Laboratorio Municipal de Sevilla y volvemos a ello con el Hospital de La Caridad, edificio singular por su arquitectura y patrimonio mueble, pero también por el papel desarrollado en la atención a los enfermos desvalidos, la asistencia espiritual y sepultura de los condenados a muerte o el auxilio a los ahogados.


En nuestro blog Viviendo Ríos dedicamos la entrada de ayer a los Buzos o maestros del agua, personal que en tiempos de verano cumplían con la vigilancia y salvamento de los bañistas del Guadalquivir en Sevilla. Este oficio se creó a raíz de la instrucción presentada en 1773 un día como el de ayer, 17 de julio, por la Sociedad Literaria de Sevilla sobre el modo y medios de socorrer a los que se ahogaren, o hallaren en peligro en el río de Sevilla.

Comprometida con el desarrollo ilustrado de la ciudad y como remedio a la problemática recurrente de los ahogamientos en verano, la Sociedad presentó al ayuntamiento hispalense una propuesta dirigida al socorro y salvamento de los bañistas, incluyendo la delimitación de zonas de baño mediante estacadas y señales con la debida separación de ambos sexos; y la creación de un cuerpo veraniego formado por personas hábiles y prontas, que por su oficio y en fuerza de su obligación, sacaran del río a los accidentados y otras que acudieran con diligencia aplicarle los remedios oportunos.

Presentadas las instrucciones de los Buzos o Maestros del agua, hoy presentamos las dirigidas al personal que continuaría la labor asistencial al ahogado, como los enfermeros del Hospital de la Caridad, médicos y cirujanos.

Instrucción para los Enfermeros y demás Sirvientes del Hospital

Por su situación estratégica frente al río Guadalquivir el Hospital de la Caridad de Sevilla aparece en el documento como el abrigo necesario para que en tierra el ahogado recibiera los remedios oportunos. Para tal fin el Hospital debía reservar un cuarto con la dotación correspondiente de máquinas, instrumentos y remedios, así como el personal adecuado bajo el mando y la instrucción de un Superior presente siempre en la Casa para estos lances. Dos enfermeros tenían la tarea de responder a la voz de alarma de los Buzos o las campanas habilitadas en la Barqueta y en Almacén de Segura y partir con camilla a recoger a la víctima; otros tantos salían a buscar al Medico y el Cirujano designados para el caso, mientras que los dos restantes quedaban en el Hospital previniendo cama, máquinas y remedios.

El personal a cargo del auxilio acuático contaba con seis sirvientes. A la voz de alarma  dos salían con un féretro cubierto de tumba alta, con un colchón, cuatro sábanas y mantas de bastante abrigo. Cuando el ahogado era traído a tierra, se le debía enjuagar muy bien todo el cuerpo y cabeza con las dos sabanas y envolverlo con otra y con las cuatro mantas para conducirlo al Hospital (Artículo I). A la vez que el Superior mandaba a los subalternos a por el cuerpo, despachaba otros dos a buscar al Médico y Cirujano nombrados, o en el caso de no encontrarlos, a otros que según su pericia y celo debían prestar socorro de acuerdo con sus correspondientes instrucciones (II).

El aposento o cuadra dedicado al ahogado en el Hospital debía contar con un tonel grande con ceniza fuerte de lentisco, encina o retama; una caldera grande y sus trébedes; las cuatro sabanas y mantas comentadas; dos copas de madera y yeso de altura proporcionada para poner debajo de un catre fuerte; una máquina fumigatoria y una frasquera con los espíritus correspondientes (III).

Mientras que unos y otros traían el ahogado, médico y cirujano, los dos restantes debían calentar en la caldera las cenizas, tender el catre y cubrirlo con ellas hasta una altura de cinco o seis pulgadas. Debajo del catre las dos copas encendidas con carbón tenían la función de conservar bien calientes las cenizas para cuando llegara el enfermo, teniendo en cuenta de no encender el carbón de la candela dentro del aposento por ser ésto muy dañoso. En el cuarto debía contar también con una Máquina insuflatoria y un atado de Cigarros Habanos Fuertes (IV).

Estando todo en punto, el cuerpo del ahogado se debía colocar en el catre sobre las cenizas, siempre de lado y nunca boca arriba, echando más cenizas de las que habrían quedado en la caldera, y cuidando que las copas calentaran el cuerpo de arriba abajo. Para evitar desordenes que en tales lances produce la imprudencia curiosa del Pueblo, se debía prohibir la entrada al aposento de persona alguna impertinente al caso (V).

Instrucción para los Médicos y Cirujanos

La primera tarea debía ser la introducción en la boca la Máquina o tubo insuflatorio y que un hombre robusto se aplicará a soplar aire en los pulmones con todas su fuerzas. La máquina no era otra cosa que un soplete con una plancha y una tenaza para cerrar las narices del paciente, pero en caso de no disponer de ella podía sustituirse por cualquier cañón de madera, caña, metal, vaina de cuchillo, espadín, etc., teniendo cuidado que el aire del soplete no saliera por la boca o la nariz. Era esto de insuflar aire remedio que por sí solo restituía muchos ahogados (Artículo I).

Junto con la inspiración de aire se debía poner en uso la Máquina fumigatoria, algo así como una pipa de fumar tabaco, de la que se servían los facultativos para echar clisteres de tabaco en los partos difíciles y pasiones iliacas. Se debía introducir la cánula por el orificio posterior y, lleno el hornillo de tabaco encendido, soplar introduciendo el humo en los intestinos. En su defecto se podían usar dos pipas de las comunes unidas por las bocas de sus hornillos, una se aplicaba al sitio del ahogado y la otra se soplaba causando el mismo efecto, aunque con una sola se podía lograr la restitución del ahogado (II).

La cama de cenizas caliente se tenía como medio más eficaz para calentar al ahogado y dar movimiento a la sangre, aunque se podían utilizar otros socorros como la sal caliente, el estiércol o simplemente el acercar el enfermo al fuego. Por contra, se consideraba inútil meter al victima en un tonel y hacerlos rodar o colgarlos de los pies con el objeto de expulsaran agua, pues se consideraba que ninguno se ahogaba por tragar agua, pues no siempre se encontraba agua en el estomago, y en su caso era poca cosa incapaz de matar a nadie (III).

Estos primeros auxilios debían practicarse lo antes posible (IV) pero si no había señas de que el paciente volviera se debía proceder al sangrado de las venas yugulares, sacando doce onzas, por ser este tipo de sangría más eficaz que la del pie o el brazo. Tras el sangrado se debía arrimar a la nariz una pluma impregnada de algunos espíritus estimulantes como la sal de amoniaco, y hollín bien saturado e ingratos, incluso introducir por medio de un caños polvos estornutatorios. Para tal fin se debía disponer de suficiente repuesto de estos materiales en su caja o frasquera (V).

También eran aconsejables las friegas hechas con bayetas o lienzos ásperos calientes empapados en espíritu (destilado) de vino alcanforado y saturado de sal amoniaco. Las friegas se debían de ejecutar sobre el espinazo y pecho por largo rato en el caso de haberse hecho pronto la cama de cenizas o no haber ésta alcanzado a calentar el cuerpo. Como alternativa a estas friegas se podían utilizar sobre el corazón y el estómago cabezales o tostadas empapadas en Agua de la Reina de Hungría y Elixir de la vida (VI).

Los prácticos debían de insistir en la ejecución de estos remedios durante cuatro o cinco horas de forma porfiada y constante puesto que los que se habían restituido no daban señales de vida hasta después de dos o tres horas. Eran muestras de vuelta del ahogado el tragar saliva, el pulso del corazón, un suspiro, el movimiento o la excreción por alguna vía. Sin embargo, aun cuando esto sucediera, no se debía de dar por seguro, puesto que muchos ahogados morían en estos primeros movimientos. Cuando se hacía juicio de que el paciente podía tragar se le debía dar en el espacio de una hora cinco cucharadas de Oximiel Esquelético disuelto en agua tibia o en su lugar algunos granos de tartrato emético en tal dosis que no excitará vómito; alguna cucharada del espíritu de vino alcanforado, sal amoniaco, o algunas gotas del agua carmelitana en cocimiento del té. Pero antes de dar de beber cosa alguna se debía ver que el paciente podía tragar, pues de lo contrario se aumentaría el sofoco (VII). Pasado tiempo suficiente sin la reanimación del ahogado se podía hacer una broncotomía y proceder a las inspiraciones del aire con las mismas cautelas de la insuflación bucal (VIII).

Aunque pasadas muchas horas se consideraba imposible la restitución del ahogado, se debía intentar estos auxilios, incluso cuando el cuerpo se presentara amoratado, el pecho levantado o hinchado, a no ser que hubiera otras señales más positivas de muerte (IX) y en consecuencia proceder a su absolución y la administración de la Extremaunción conforme a las doctrinas teológicas (XI). Si restituido el enfermo, le quedaba opresión en el pecho, tos o calentura, se debía de sangrar el brazo, tenerlo a a dieta tenue administrarle Ptyfana de Cebada, Orozuz, Chicoria, u otros remedios blandamente discucientes (XI).

Los medicamentos y demás utensilios susodichos debían de estar en la sala con la reposición, aseo y decencia regular a cargo del Superior comisionado del Hospital, para tenerlos pronto y de uso en cualquiera ocurrencia. Medico y cirujano debían ser nombrados cada año, aunque la Sociedad proponía en su instrucción a D. Bonifacio Lorite y a Don Juan Mantony Atony como médico y cirujano respectivamente (XII).

Uno que en sus tiempos mozos fue socorrista titulado y tuvo que enfrentarse a esto de los primeros auxilios del ahogado se sorprende al día de hoy del alcance y contenidos de esta instrucción. Pero en el contexto de su época, la propuesta de la Sociedad fue considerada pionera e innovadora. Cuestiones como el masaje cardiaco o la respiración boca a boca, como medidas básicas de reanimación cardiopulmonar, tardarían en aplicarse. De las incluidas en la instrucción prácticas como el encamado de cenizas y sal calientes, así como algunas de las friegas y remedios a base de espíritus (destilados) de vino, sales y aguas milagrosas, han llegado a nuestro días como terapia y botica alternativa, siendo posible recibir tramientos similares en algunos balnearios y encontrar recetas y ofertas de las aguas de la Reina de Hungría y Carmelitana.

+INFO



Instrucción sobre el modo y los medios de socorrer a los que se ahogaren o hallaren en peligro en el rio de Sevilla. Imprenta del Doctor Don Geronymo de Castilla.1773. 32 pp. Reproducción digital del originalconservado en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla.



miércoles, 20 de mayo de 2020

El Laboratorio Municipal de Sevilla. Patrimonio cultural (1)



De la plétora de edificios históricos de Sevilla, los que desde la afición o el oficio relatamos como si fuera analítica o prospecto farmacéutico las bondades o patologías de esto o aquello, solemos incidir más en continente que contenido y menos en fondo que forma. Hacemos diagnóstico y juicio clínico del estado de conservación arquitectónico y, según el caso, convocamos en forma de denuncia al practicante o galeno de urgencia para que alivie con su inyección o receta de presupuesto el estado del enfermo, en una praxis prescriptiva, por lo común, más de naturaleza vitruviana (firmitas, utilitas y venustas) que hipocrática (vis medicatrix naturae).


No es ni será extraña esta forma de proceder en cuanto que el patrimonio hispalense está cargado de bienes inmuebles de interés en los que pocos muebles, más allá del entorno sacramental y nobiliario, resisten el paso del tiempo o el abandono. Pero siempre hay excepciones, como rara avis, o rara enfermedad.


El Laboratorio Municipal de Sevilla es buen ejemplo de lo dicho. Como edificio, continente y forma resaltamos su arquitectura ecléctica, o lo que es lo mismo, mezcla de regionalismo, modernismo y otros ismos arquitectónicos de finales del siglo XIX y alborada del XX, obra del ilustre D. Antonio Arévalo Martínez (1871-1948), como otras en el ensanche de la ciudad antigua en Nervión, la iglesia de la Concepción y el edificio, también municipal, sede del Distrito, por caso.


Ubicado en la Sevilla extramuros, cerca del Ambulatorio de María Auxiliadora, frente a otro de los espacios singulares de la Ronda Histórica -los Jardines del Valle- destaca su fachada monumental de dos plantas con adosados laterales rectos y curvos, que rompen su simetría, y elementos decorativos.

Como institución, contenido y fondo, resaltamos su rara continuidad funcional, pues raro es que edificios centenarios y de carácter público mantengan su uso tal y como fueron pensados en su día. Completada la obra (1912), el Laboratorio Municipal inicia su actividad en el edificio en 1913, tras un ir y venir como estrella errante de la nueva política higienista de finales del XIX en forma de Gabinete Histoquímico Municipal (Cabildo, 23/02/1883) destinado a erradicar las irregularidades, falsificaciones y adulteraciones detectadas en los productos alimenticios de mayor consumo.


El Laboratorio antes de ubicarse en su nueva sede, incorporó nuevos servicios como el de desinfección para el tratamiento de la ropa y enseres de ciudadanos que hubieran fallecido de enfermedades contagiosas (mire usted por dónde, ahora de rabiosa actualidad), así como el control de animales a modo de perrera municipal, que pasó al final de los 80 a la carretera de Alcalá como centro Municipal Zoosanitario Ignacio Vázquez Muñoz, ilustre personaje también, con el cargo de veterinario de la Maestranza, entre otros.


De aquellos tiempos el Laboratorio guarda sus habitaciones de lo sucio y lo limpio con su autoclave horizontal para el tratamiento de la ropa por vapor, las cocheras de cierre hermético para la desinfección de vehículos y una parte importante de su utillaje, objeto de catálogo por parte del Museo de Historia de la Farmacia de Sevilla. Suma también a su valor patrimonial, el documental, incluyendo el propio proyecto original de Arévalo y la crónica de las inspecciones, tratamiento y analíticas realizadas desde su puesta en marcha.

Nos encontramos así ante un hito patrimonial de Sevilla, que a pesar sus múltiples valores de ámbito arquitectónico, industrial/técnico, etnográfico y documental, se antoja, como otros edificios de la Sevilla moderna, poco conocido y tarea pendiente de investigación y difusión. Con esta entrada, rendimos homenaje a todos los sanitarios que pasaron por sus dependencias, así como al Museo Histórico de la Farmacia por iniciar en su día el estudio de esta parte de nuestro patrimonio.

Continuará.

+INFO:

RAMOS CARRILLO, A.; RUIZ ALTABA, R. (2014). El Museo de Historia de la Farmacia como instrumento de investigación y educación superior: contribuciones respecto al Laboratorio Municipal de Sevilla. Ars Pharm 2014, 55(4): 22-29.
PIÑERO, Fran (2015). Los secretos que esconde el histórico Laboratorio Municipal de Sevilla. Sevilla Ciudad. ABC de SEVILLA. 28de junio.

Fuente de Imágenes: IAPH, Laboratorio Municipal de Sevilla, Sevilla Ciudad